El calor aprieta, las ideas se derriten y ponerse delante del ordenador para escribir cuesta más de lo normal. Ha llegado el momento de hacer una pausa.
Me despido hasta septiembre para descansar, recargar energías y volver con nuevas ganas, nuevos proyectos y muchas historias que contar.
Espero que vosotros también aprovechéis estas semanas para desconectar, disfrutar del verano y volver con las pilas bien cargadas.
Un estudio reciente del NBER (Oficina Nacional de Investigación Económica) sobre los cuatrocientos hogares más ricos de Estados Unidos concluyó que su tipo efectivo total era inferior al de la población en su conjunto, porque sus ingresos imponibles son pequeños en relación con su renta económica real. ¿Cómo lo hacen? En este artículo de ProPublica resume diez estrategias legales que, según una investigación basada en datos fiscales confidenciales del IRS, utilizan muchos multimillonarios estadounidenses para reducir drásticamente sus impuestos.
Resumen de las 10 estrategias
1.-Vivir de préstamos en lugar de vender acciones
Para obtener liquidez, piden préstamos usando esas acciones como garantía. Los préstamos no se consideran ingresos y, por tanto, no tributan. Los multimillonarios suelen acumular riqueza en forma de acciones. Mientras no las vendan, no generan ingresos sujetos a impuestos.
2.- Convertir cuentas de jubilación en fortunas libres de impuestos
El artículo destaca el caso de Peter Thiel, que logró convertir una cuenta Roth IRA destinada al ahorro para la jubilación en un vehículo con miles de millones de dólares exentos de impuestos mediante la compra temprana de acciones de empresas tecnológicas.
3.- Transformar ingresos muy gravados en ingresos menos gravados
Algunos gestores financieros utilizan estructuras complejas para convertir ganancias sujetas a tipos altos en ganancias de capital a largo plazo, que disfrutan de una tributación más baja.
4.- Poseer equipos deportivos
Los propietarios pueden beneficiarse de reglas fiscales que les permiten amortizar contratos de jugadores y otros activos, generando pérdidas fiscales aunque el valor real del equipo aumente.
5.- Invertir en inmobiliario, petróleo y gas
Estos sectores cuentan con numerosas deducciones y mecanismos de depreciación que permiten reducir o incluso eliminar la renta imponible durante años.
6.- Convertir aficiones en negocios
Actividades como la cría de caballos o la explotación de hoteles de lujo pueden estructurarse como empresas y generar pérdidas deducibles que compensan otros ingresos.
7.- Influir en la legislación fiscal
Los grandes patrimonios también se benefician de cambios legislativos promovidos mediante actividades de lobby o financiación política. El artículo cita especialmente algunas ventajas introducidas en la reforma fiscal de Trump.
Los multimillonarios tecnológicos, herederos y directivos de capital privado suelen combinar varias de estas estrategias para lograr tipos efectivos de impuestos muy bajos.
9.- Declarar ingresos tan bajos que permiten acceder a ayudas públicas
Algunos multimillonarios reportaron ingresos fiscales suficientemente reducidos como para cumplir los requisitos de programas de ayuda gubernamental durante la pandemia.
10.- Usar fideicomisos (trusts) para transmitir herencias
Los fideicomisos permiten transferir grandes fortunas entre generaciones reduciendo o evitando gran parte del impuesto sobre sucesiones. Según ProPublica, esta práctica es muy común entre las familias más ricas de Estados Unidos.
Se pone de manifiesto una de las principales debilidades de los sistemas fiscales actuales: los multimillonarios no necesitan percibir grandes ingresos para aumentar su riqueza. En lugar de vender activos y generar rentas sujetas a impuestos, acumulan plusvalías no realizadas, utilizan sus acciones como garantía para obtener préstamos y estructuran su patrimonio mediante sociedades, fideicomisos y fundaciones que les permiten aplazar o minimizar la tributación. Como consecuencia, diversos estudios han concluido que los hogares más ricos de Estados Unidos soportan, en términos efectivos, una carga fiscal inferior a la de gran parte de la población, ya que sus ingresos imponibles representan solo una pequeña fracción de su riqueza real.
Es precisamente este diagnóstico el que está detrás de iniciativas como la propuesta que podría someterse a votación en California en noviembre de 2026. La medida plantea un impuesto extraordinario y único de hasta el 5% sobre patrimonios superiores a los mil millones de dólares, con el objetivo de gravar directamente la riqueza acumulada y no únicamente los ingresos declarados. Según sus promotores, el 90% de la recaudación se destinaría a sanidad y el 10% a programas de educación y alimentación, buscando corregir las desigualdades derivadas de un sistema que grava con mayor facilidad las rentas del trabajo que las grandes fortunas patrimoniales.
La idea clave que une ambos textos es: si la riqueza de los multimillonarios crece sin convertirse en ingresos gravables, algunos gobiernos y movimientos sociales plantean impuestos sobre el patrimonio para alcanzar esa riqueza que el impuesto sobre la renta no consigue gravar eficazmente.
Esta semana me han llamado la atención dos noticias que, a primera vista, parecen no tener nada que ver. Una habla de salud pública y la otra de redes sociales. Sin embargo, ambas giran alrededor de una misma cuestión: quién y cómo influye en nuestras decisiones.
Hace diez años, Chile decidió limitar la publicidad de alimentos poco saludables dirigida a los niños, incorporar etiquetas de advertencia y regular la alimentación escolar. Ahora, un estudio realizado con más de 300.000 menores aporta una de las evidencias más sólidas hasta la fecha: los niños que crecieron bajo estas medidas presentan menores tasas de sobrepeso y obesidad.
El debate suele plantearse como una confrontación entre libertad individual e intervención del Estado. Pero quizá la pregunta sea otra. Cuando no existe regulación, tampoco vivimos en un espacio neutral. La publicidad, los envases, los algoritmos y las estrategias de marketing siguen influyendo en nuestras decisiones. La cuestión es quién ejerce esa influencia y con qué objetivos.
Curiosamente, esta reflexión conecta con otra novedad de estos días. Instagram ha incorporado una función que permite reorganizar las publicaciones del perfil. Hasta ahora, las imágenes aparecían en orden cronológico; ahora cada usuario puede decidir qué contenido mostrar primero y cómo construir la narrativa visual de su cuenta.
Puede parecer un cambio menor, pero introduce una idea interesante: recuperar parte del control sobre cómo nos presentamos y cómo queremos ser vistos. En un entorno digital cada vez más condicionado por algoritmos, disponer de herramientas para decidir qué mostramos también tiene valor.
Las dos noticias apuntan, desde ámbitos muy distintos, a una misma realidad. Vivimos rodeados de influencias. Algunas buscan vendernos productos, otras captar nuestra atención y otras ayudarnos a tomar mejores decisiones. La pregunta sigue siendo la misma: ¿quién está diseñando el entorno en el que elegimos?
Hoy quiero plantear un tema reflexión que considero importante: hay que evitar tanto el alarmismo como la idealización de la IA por parte de los adolescentes.
Cada vez más adolescentes están convirtiendo a ChatGPT y otros asistentes en una especie de psicólogo de guardia. Tiene lógica: no juzgan, están disponibles las veinticuatro horas y responden con una empatía sorprendentemente convincente. Pero varios estudios ya han detectado consejos inseguros o inapropiados en una parte significativa de las conversaciones sobre salud mental. Y es que el valor de un terapeuta no es ofrecer respuestas, sino hacer preguntas incómodas, poner límites, contradecirnos cuando hace falta y asumir la responsabilidad de lo que dice. La relación terapéutica no se basa en confirmar lo que pensamos, sino en ayudarnos a comprendernos mejor, incluso cuando eso implica enfrentarnos a aspectos que preferiríamos evitar.
Una inteligencia artificial funciona de otra manera. Su diseño está orientado a mantener la conversación, comprender el contexto y ofrecer respuestas útiles. Pero carece de experiencia humana, criterio clínico y responsabilidad profesional. Un interlocutor que rara vez discrepa puede acabar pareciéndose más a un espejo que a una guía. Y los espejos, por definición, suelen devolvernos una imagen que confirma nuestras propias creencias.
Por ello, el verdadero desafío para las empresas tecnológicas y las agencias de salud pública es doble. Por un lado, mejorar las barreras de seguridad de los modelos para que detecten situaciones de riesgo y deriven a los usuarios hacia profesionales o servicios de emergencia cuando sea necesario. Por otro, promover una alfabetización digital que permita a los jóvenes comprender qué es realmente una IA y cuáles son sus limitaciones.
La cuestión no es si los adolescentes hablarán con la inteligencia artificial. Ya lo están haciendo. La pregunta importante es si aprenderán a utilizarla como una herramienta complementaria o si acabarán otorgándole una autoridad emocional para la que no está preparada. Quizá el reto de nuestra época no sea enseñar a las máquinas a parecer humanas, sino enseñar a las personas a distinguir cuándo necesitan hablar con una máquina y cuándo necesitan ser escuchadas por otro ser humano.
Cuando llegan las primeras olas de calor, la ciudad se transforma. Bajamos persianas, buscamos sombras, evitamos las horas centrales del día y reducimos nuestros movimientos a lo imprescindible. El calor nos obliga a refugiarnos. Quizá por eso el verano también es un buen momento para revisar nuestros refugios digitales.
Hace unos días leía que Gmail está empezando a permitir cambiar la dirección de correo electrónico sin necesidad de crear una cuenta nueva. Una función que durante años parecía imposible y que responde a una realidad bastante común: muchos seguimos utilizando una dirección de correo que creamos hace décadas, cuando internet era otro lugar y nosotros también éramos otras personas.
Hay algo curioso en esto. Cambiamos de casa, de trabajo, de intereses e incluso de ciudad, pero seguimos entrando cada mañana en una dirección de correo que elegimos con veinte años. Como si ciertas habitaciones digitales quedaran congeladas en el tiempo.
El calor invita a esconderse, pero también a hacer limpieza. A revisar qué queremos conservar y qué ya no nos representa. Quizá no se trate de cambiar de identidad digital, sino de permitir que evolucione con nosotros.
Porque a veces el refugio perfecto no es el que construimos hace años, sino el que somos capaces de adaptar al presente.