Estaba leyendo sobre el sistema de remuneraciones de la NBA, que combina límites salariales individuales con restricciones al gasto de los equipos. El individual para las estrellas: un jugador como máximo puede cobrar, por regla general, entre el 25% y el 35% del límite salarial de su equipo. El colectivo: los equipos tienen un límite salarial que esta temporada ronda los 165M$. Pueden superarlo mediante determinadas excepciones, pero cuanto más gastan, más impuestos y restricciones soportan.
Aunque cada vez hay más dinero destinado a pagar salarios, las restricciones presupuestarias pueden reducir las oportunidades de algunos jugadores. Las estrellas absorben una parte importante del presupuesto y los equipos, para evitar costes y limitaciones, prefieren completar sus plantillas con jugadores más baratos. El dinero crece, pero las oportunidades no necesariamente lo hacen al mismo ritmo.
Me hizo pensar en algo que va mucho más allá del baloncesto.
Algo parecido ocurre cuando abrimos LinkedIn o las redes sociales. Estamos rodeados de oportunidades, ascensos, proyectos apasionantes y personas que parecen estar alcanzando todo aquello a lo que aspiramos. Nunca habíamos tenido tanta información sobre lo que es posible conseguir y, sin embargo, a veces tenemos la sensación de que esas oportunidades son siempre para otros.
Las redes han convertido el éxito en algo que no basta con alcanzar: también hay que exhibirlo. Y cuando solo vemos las victorias de los demás, nuestros propios logros empiezan a parecernos insuficientes.
Hemos aceptado una definición del éxito que siempre exige algo más: un sueldo mayor, un puesto mejor, más reconocimiento. La meta se desplaza cada vez que nos acercamos a ella y terminamos confundiendo progresar con no detenernos nunca.
Quizá el problema no sea querer crecer, sino no saber cuándo tenemos suficiente. Porque estar constantemente expuestos a lo que otros consiguen puede hacernos sentir que siempre llegamos tarde, que nos falta algo o que deberíamos aspirar a más.
No se trata de renunciar a mejorar, sino de distinguir entre aquello que realmente deseamos y lo que perseguimos porque otros nos han enseñado a desearlo.
Al final, cabe hacerse una pregunta: ¿cuánto debería ser suficiente? Suficiente dinero, suficiente reconocimiento, suficiente ambición.
Google acaba de lanzar SynthID Detector, una herramienta que permite comprobar si una imagen, un vídeo o un audio contiene la marca de agua SynthID, utilizada para identificar contenido generado o modificado con herramientas compatibles. También se puede acceder a través de Google DeepMind y Gemini.
Como explican en TreceBits, es un paso interesante para ayudarnos a identificar contenidos creados con inteligencia artificial. Eso sí, que no encuentre la marca de agua no significa que el contenido sea auténtico.
Y hablando de realidad y ficción, tengo ganas de ver The Social Reckoning, una película que vuelve a poner el foco en el universo de las redes sociales y sus implicaciones.
A propósito de ella, me interesa una cuestión: ¿hasta qué punto una película que parte de hechos reales termina deformándolos para construir una historia más atractiva? Como toda caricatura, exagera ciertos rasgos para hacerlos más visibles. A veces eso ayuda a entender la realidad; otras, puede terminar sustituyéndola por una versión simplificada.
Quizá ahí esté el vínculo entre ambas cosas: en un mundo donde la inteligencia artificial puede fabricar imágenes cada vez más convincentes, también debemos aprender a cuestionar los relatos que nos cuentan. Porque detectar una marca de agua es una cuestión técnica; distinguir entre los hechos y su interpretación requiere, sobre todo, pensamiento crítico.
Tussini Bolsini. Parece el nombre de un dúo italiano o una marca de pasta, pero no. Tussini es una de las palabras utilizadas en TikTok para referirse al tusi, según una investigación de Maldita.es sobre cómo se comercializa esta droga en la plataforma.
En TikTok aparecen distintas formas de escribir tusi: tussy, tussi, tuss, tussisabes, tussini, tutu… Según Maldita.es, estas variaciones, junto a determinados emojis y hashtags, forman parte de un lenguaje utilizado para identificar contenidos relacionados con esta droga y esquivar la moderación de la plataforma.
Es una especie de idioma dentro del idioma.
Una palabra puede parecer absurda para quien está fuera y resultar perfectamente transparente para quien está dentro. Y eso es algo que Internet hace especialmente bien: crear palabras a una velocidad que los diccionarios no pueden seguir. Porque los diccionarios llegan después, primero está el uso. Después, si la palabra sobrevive, llegará a la RAE.
Quizá Tussini Bolsini no sea una palabra que no existe. Quizá sea simplemente una palabra que todavía no ha llegado al diccionario.
Hay algo en la vuelta al cole que me recuerda que la vida real existe.
Después de semanas de verano, de horarios más o menos inventados, comidas a deshora, días que empiezan cuando nos apetece, septiembre llega con su particular golpe de realidad.
El despertador.
Las prisas.
Las mochilas.
Septiembre es eso.
Volver al desorden.
Y, curiosamente, creo que estamos empezando a mirar el desorden de otra manera.
Durante mucho tiempo nos hemos empeñado en que todo pareciera perfecto. También lo cotidiano.
La casa perfecta. El desayuno perfecto. El niño feliz y perfectamente vestido camino del colegio. La mesa con flores. El café colocado estratégicamente al lado del ordenador. La ropa sin una arruga. El pelo despeinado, pero de ese despeinado que claramente ha requerido tiempo, productos y probablemente un tutorial.
En internet aprendimos a vivir como si todo fuese una fotografía.
Incluso nuestra vida normal.
Y quizá nos hemos cansado.
Hace unos años, si alguien enseñaba una habitación desordenada en Instagram, probablemente sentía la necesidad de pedir disculpas. Ahora empiezan a aparecer precisamente esas imágenes: camas sin hacer, maquillaje corrido, ropa mezclada, casas vividas, fotografías con flash, rincones que no parecen preparados para una revista.
Lo llaman de distintas maneras: messycore, messy girl, estética imperfecta…
Porque quizá estamos cansados de fingir que no existe el desorden.
Y esto no está pasando solamente en la moda o en Instagram. También está cambiando nuestra relación con los influencers.
Durante años nos acostumbramos a seguir a personas que parecían tener una vida extraordinaria. Viajes, hoteles, restaurantes, casas preciosas, armarios interminables, cuerpos perfectos, niños que parecían no haber tenido jamás una rabieta en un supermercado.
Todo era bonito.
Todo era aspiracional.
Todo parecía estar en su sitio.
Hasta que, de repente, empezó a dejar de creérnoslo.
No porque necesariamente fuese mentira. Muchas de esas vidas eran y son reales. El problema es que estaban editadas. Seleccionadas. Iluminadas. Convertidas en contenido.
Y cuando llevas demasiado tiempo viendo vidas editadas, empiezas a echar de menos algo que no lo esté.
Por eso me ha llamado la atención leer estos días sobre la crisis del influencer clásico. Ese influencer que convirtió su propia vida en un escaparate empieza a perder parte de su poder frente a personas que tienen algo más que enseñar.
Una pasión.
Un oficio.
Un conocimiento.
Una opinión.
Algo que contar.
El pescador que enseña cómo es realmente su trabajo. La persona que sabe absolutamente todo sobre parques de atracciones. El que habla de cine. El que prueba restaurantes y se atreve a decir que uno no le ha gustado. (lo leímos en el País)
Personas que no parecen haberse levantado por la mañana pensando: “Hoy voy a ser influencer”.
Y quizá precisamente por eso nos interesan.
Porque hay algo tranquilizador en ver a alguien que sabe hacer algo.
Durante un tiempo parecía que para tener influencia había que tener una vida que los demás quisieran copiar.
Ahora quizá empieza a bastar con tener algo que los demás quieran escuchar.
Y me parece un cambio interesante.
Aunque también tiene su trampa.
Porque, por supuesto, internet es capaz de convertir cualquier cosa en una tendencia.
Hasta el desorden.
Podemos acabar teniendo una habitación perfectamente diseñada para parecer desordenada. Una cama cuidadosamente arrugada. Una fotografía estudiadamente desenfocada. Un maquillaje que parece que no te has esforzado en hacer, después de haberte esforzado muchísimo en que parezca que no te has esforzado.
La autenticidad también puede convertirse en postureo.
Y eso me hace gracia.
Porque quizá llevamos tanto tiempo intentando parecer espontáneos que hemos terminado profesionalizando hasta la espontaneidad.
Por eso creo que septiembre me parece un buen momento para pensar en todo esto.
Porque la vuelta al cole no tiene nada de estética.
Y, sin embargo, todo eso es la vida.
No necesita un filtro.
Ni siquiera necesita quedar bien.
Quizá por eso me gusta pensar que esta vuelta al cole puede ser también una pequeña vuelta a lo real.
A las fotos que no salen perfectas.
A las casas que se nota que están habitadas.
A los planes que se tuercen.
A la ropa que se arruga.
A los niños que no colaboran cuando intentas hacerles una foto.
A nosotros mismos cuando no tenemos tiempo de colocarnos el pelo antes de salir por la puerta.
Quizá no hace falta que todo esté perfecto.
Quizá incluso estaría bien que se notara un poco que estamos viviendo.
Porque al final hay algo curioso en todo esto.
Pasamos años intentando que nuestra vida se pareciera a las fotografías de internet.
Y ahora parece que internet está intentando parecerse un poco más a nuestra vida.
Bienvenidos de nuevo al colegio.
Bienvenidos de nuevo al caos.
Y, por una vez, quizá no hace falta ordenarlo antes de enseñarlo.
Esta semana me han llamado la atención dos noticias que, a primera vista, parecen no tener nada que ver. Una habla de salud pública y la otra de redes sociales. Sin embargo, ambas giran alrededor de una misma cuestión: quién y cómo influye en nuestras decisiones.
Hace diez años, Chile decidió limitar la publicidad de alimentos poco saludables dirigida a los niños, incorporar etiquetas de advertencia y regular la alimentación escolar. Ahora, un estudio realizado con más de 300.000 menores aporta una de las evidencias más sólidas hasta la fecha: los niños que crecieron bajo estas medidas presentan menores tasas de sobrepeso y obesidad.
El debate suele plantearse como una confrontación entre libertad individual e intervención del Estado. Pero quizá la pregunta sea otra. Cuando no existe regulación, tampoco vivimos en un espacio neutral. La publicidad, los envases, los algoritmos y las estrategias de marketing siguen influyendo en nuestras decisiones. La cuestión es quién ejerce esa influencia y con qué objetivos.
Curiosamente, esta reflexión conecta con otra novedad de estos días. Instagram ha incorporado una función que permite reorganizar las publicaciones del perfil. Hasta ahora, las imágenes aparecían en orden cronológico; ahora cada usuario puede decidir qué contenido mostrar primero y cómo construir la narrativa visual de su cuenta.
Puede parecer un cambio menor, pero introduce una idea interesante: recuperar parte del control sobre cómo nos presentamos y cómo queremos ser vistos. En un entorno digital cada vez más condicionado por algoritmos, disponer de herramientas para decidir qué mostramos también tiene valor.
Las dos noticias apuntan, desde ámbitos muy distintos, a una misma realidad. Vivimos rodeados de influencias. Algunas buscan vendernos productos, otras captar nuestra atención y otras ayudarnos a tomar mejores decisiones. La pregunta sigue siendo la misma: ¿quién está diseñando el entorno en el que elegimos?
Cuando llegan las primeras olas de calor, la ciudad se transforma. Bajamos persianas, buscamos sombras, evitamos las horas centrales del día y reducimos nuestros movimientos a lo imprescindible. El calor nos obliga a refugiarnos. Quizá por eso el verano también es un buen momento para revisar nuestros refugios digitales.
Hace unos días leía que Gmail está empezando a permitir cambiar la dirección de correo electrónico sin necesidad de crear una cuenta nueva. Una función que durante años parecía imposible y que responde a una realidad bastante común: muchos seguimos utilizando una dirección de correo que creamos hace décadas, cuando internet era otro lugar y nosotros también éramos otras personas.
Hay algo curioso en esto. Cambiamos de casa, de trabajo, de intereses e incluso de ciudad, pero seguimos entrando cada mañana en una dirección de correo que elegimos con veinte años. Como si ciertas habitaciones digitales quedaran congeladas en el tiempo.
El calor invita a esconderse, pero también a hacer limpieza. A revisar qué queremos conservar y qué ya no nos representa. Quizá no se trate de cambiar de identidad digital, sino de permitir que evolucione con nosotros.
Porque a veces el refugio perfecto no es el que construimos hace años, sino el que somos capaces de adaptar al presente.
Internet prometía democratizar el acceso a la información. Sin embargo, dos décadas después, gran parte del ecosistema digital funciona bajo una lógica distinta: captar atención a cualquier precio. En ese contexto, la desinformación se ha convertido en un negocio rentable. Una investigación reciente de Maldita.es explica cómo algunas plataformas digitales están permitiendo que contenidos engañosos, sensacionalistas o directamente falsos generen ingresos económicos para sus creadores. Y no solo eso: las propias plataformas también obtienen beneficios gracias a esa viralidad.
Viralidad significa dinero
En plataformas como YouTube, TikTok, Facebook o Instagram, la atención se convierte en ingresos. Más visitas significan: más anuncios, más visualizaciones, más monetización y más crecimiento de audiencia.
La contradicción es importante: oficialmente las plataformas afirman combatir la desinformación, pero en la práctica muchos de esos contenidos continúan visibles, recomendados y monetizados. Las plataformas no aplican sus propias reglas y son opacas.
La economía de la atención necesita contenido extremo
La desinformación no triunfa solo porque existan personas dispuestas a creer bulos. También triunfa porque encaja perfectamente en el modelo económico de las plataformas. Cuanto más impactante es un vídeo, más tiempo permanece el usuario conectado. Y cuanto más tiempo permanece conectado, más rentable resulta para la plataforma.
Por eso los algoritmos tienden a amplificar:
titulares alarmistas,
teorías conspirativas,
contenidos polarizantes,
vídeos manipulados,
publicaciones emocionalmente agresivas.
El problema no es únicamente tecnológico. Es estructural.
El negocio de la indignación
Quizá el aspecto más preocupante es que la desinformación ya no necesita convencer ideológicamente para ser útil. Basta con que genere clics. En la economía digital actual, la indignación se ha convertido en un recurso económico. Y mientras los algoritmos continúen premiando el contenido más extremo, seguirá existiendo un incentivo directo para producir desinformación.
La pregunta ya no es únicamente cómo detectar bulos. La verdadera cuestión es: ¿qué ocurre cuando el sistema entero obtiene beneficios gracias a ellos?
Después de años empujándonos hacia contenido cada vez más producido, reels, estética cuidada, feeds perfectos, Instagram ahora introduce algo casi opuesto: las Instantáneas, o Quicksnaps. Yo diría que es un efecto del mundo IA, donde la vuelta a la imperfección es lo real.
¿Qué son las Instantáneas de Instagram?
Las Instantáneas son un formato efímero pensado para compartir momentos tal cual y como ocurren: sin filtros, sin edición y sin postureo. Se trata de publicaciones que:
No permiten edición ni filtros
Solo incluyen texto simple
Desaparecen cuando alguien las ve
Tienen una duración máxima de 24 horas
Se comparten con un grupo reducido (amigos o mejores amigos)
En otras palabras: una mezcla entre stories y la filosofía de apps como BeReal, pero integrada dentro del ecosistema de Instagram.
¿Por qué Instagram apuesta por esto?
Porque el usuario está cansado. Durante años, la plataforma ha premiado lo espectacular, lo viral, lo “perfecto”. Pero eso ha generado fatiga creativa y contenidos poco auténticos
Las Instantáneas vienen a romper con eso. Su objetivo es claro: recuperar la espontaneidad y reforzar la conexión real entre personas.
Cómo usar las Instantáneas
El funcionamiento es sencillo:
Hay que tener la app actualizada.
Entras en tus mensajes directos
Accedes al icono de Instantáneas
Haces una foto en el momento
La compartes con un grupo reducido
Sin edición. Sin pensar demasiado. Sin perfección.
Este formato funciona especialmente bien para:
Humanizar un proyecto
Crear intimidad con tu comunidad
Mostrar lo que normalmente no enseñarías, como el making-off
Conclusión
Las Instantáneas no son una función más. Son una declaración de intenciones de Instagram.
Después de años empujando hacia lo espectacular, la plataforma empieza a valorar lo contrario:
lo inmediato
lo imperfecto
lo humano
Y quizá ahí hay una oportunidad interesante: volver a crear sin tanta presión.
Este sábado estuve en la obra Calentamiento de Rocío Molina, con una intensidad física y emocional impresionante, donde nos habla del comienzo, del volver a empezar, del calentamiento previo al Calentamiento; un infinito inicio para seguir, sin detenerse, sin acabar nunca.
Y esto me ha recordado a Meta en su cuarto trimestre. Una empresa que debería estar desacelerándose, pero que sigue acumulando buenos resultados, por encima de las estimaciones. Pero, ¿es real?
Todo el mundo dice que Meta está creciendo gracias a la IA, pero puede que no es tan así. El crecimiento viene más de decisiones “clásicas” de negocio que de inteligencia artificial. ¿De dónde viene el crecimiento real? Meta simplemente está enseñando más anuncios a cada usuario.No son mejores anuncios… hay más. No están ganando más porque los anuncios sean mucho más inteligentes, sino porque hay más anuncios y pasas más tiempo viendo contenido.
Hoy no sabía si escribir sobre la Super Bowl o sobre política digital, y al final me he dado cuenta de que quizá no son temas tan distintos.
La coincidencia temporal es solo eso, una coincidencia, pero resulta difícil no ver el contraste. Por un lado, el halftime show de Bad Bunny desplegó una narrativa claramente panamericana, en español, en el escenario más mainstream posible. Un gesto cultural potente: no solo por quién canta, sino por qué idea de “América” se pone en juego. No una América cerrada y homogénea, sino una plural, atravesada por idiomas, orígenes y cruces culturales.
La respuesta no tardó en llegar: el llamado All-American Halftime Show, con el lema This is the real America, el respaldo de figuras cercanas a la Casa Blanca y un repertorio que apunta justo en la dirección contraria. Más que un simple espectáculo alternativo, funciona como una contraprogramación ideológica: dos relatos culturales enfrentados, usando la música y el show como campo de batalla simbólico.
Y mientras tanto, aquí en España, Pedro Sánchez anunciaba esta semana un paquete de medidas para “ordenar” el entorno digital: prohibir el uso de redes sociales a menores de 16 años, hacer penalmente responsables a los ejecutivos de las plataformas si no cumplen con sus obligaciones, y penalizar la manipulación de algoritmos, entre otras propuestas.
La idea de fondo es clara: el espacio digital ya no se ve solo como un terreno de libertad, sino también como un entorno que hay que regular, vigilar y corregir.
Puede parecer que no tiene nada que ver una cosa con la otra, pero en el fondo ambas hablan de lo mismo: de quién controla los relatos, qué voces se amplifican y bajo qué reglas se organiza hoy el espacio público, ya sea en un estadio o en una red social.
La cultura pop ya no es solo entretenimiento. Y las plataformas digitales ya no son solo herramientas neutrales. En los dos casos, estamos discutiendo poder, identidad y límites. Y eso, quizá, es lo más interesante (y lo más incómodo) de todo este momento.