Meta presenta Muse. ¿No serás uno de los cientos de miles que ya lo han descargado?
Porque aquí hay una diferencia importante: no estamos hablando de un chatbot, sino de un agente. Y no de cualquier agente, sino de uno de Meta.
Un chatbot responde a tus preguntas. Un agente pretende hacer cosas por ti: puede acceder a servicios, rellenar formularios, enviar correos, reservar viajes o realizar compras. Meta asegura que mantiene controles para que el usuario autorice determinadas acciones y que está trabajando en distintas medidas de seguridad y privacidad. Todo muy tranquilizador.
Porque estamos hablando de Meta. Una compañía que ya conoce una cantidad extraordinaria de información sobre nosotros y que ahora quiere convertirse también en intermediaria de nuestras acciones. La cuestión no es si resulta cómodo. Naturalmente que lo es. La cuestión es cuánto estamos dispuestos a delegar.
Porque cuanto mejor funcione el agente, más fácil será confiar en él. Primero le pediremos que busque un restaurante. Después que gestione el correo. Luego que haga una compra. Y, casi sin darnos cuenta, estaremos dejando que una empresa tome pequeñas decisiones en nuestro nombre durante todo el día. Nosotros empezamos a hacer menos cosas porque se las entregamos a ella.
Y quizá deberíamos pensarlo dos veces antes de poner nuestra vida digital en manos de una compañía como Meta.
Porque una musa puede inspirarte.
Pero una musa con acceso a tu vida y capacidad para actuar por ti puede ser bastante peligrosa.
Tussini Bolsini. Parece el nombre de un dúo italiano o una marca de pasta, pero no. Tussini es una de las palabras utilizadas en TikTok para referirse al tusi, según una investigación de Maldita.es sobre cómo se comercializa esta droga en la plataforma.
En TikTok aparecen distintas formas de escribir tusi: tussy, tussi, tuss, tussisabes, tussini, tutu… Según Maldita.es, estas variaciones, junto a determinados emojis y hashtags, forman parte de un lenguaje utilizado para identificar contenidos relacionados con esta droga y esquivar la moderación de la plataforma.
Es una especie de idioma dentro del idioma.
Una palabra puede parecer absurda para quien está fuera y resultar perfectamente transparente para quien está dentro. Y eso es algo que Internet hace especialmente bien: crear palabras a una velocidad que los diccionarios no pueden seguir. Porque los diccionarios llegan después, primero está el uso. Después, si la palabra sobrevive, llegará a la RAE.
Quizá Tussini Bolsini no sea una palabra que no existe. Quizá sea simplemente una palabra que todavía no ha llegado al diccionario.
OpenAI afirma haber resuelto el problema de existencia y suavidad de Navier–Stokes, uno de los siete Millennium Problems planteados por el Clay Mathematics Institute en 2000. Cada problema tiene asociado un premio de un millón de dólares por una solución correcta, y antes de este anuncio solo uno de los siete había sido resuelto. (En qué consiste el problema, bueno, no es la cuestión, clave, por eso lo obviaré).
Para conseguirlo, OpenAI habría utilizado hasta 10.000 agentes de IA trabajando simultáneamente. Los investigadores humanos actuaron coordinando e intercambiando las ideas generadas por los diferentes agentes. El sistema necesitó unas 88 horas para llegar a la solución. Entonces, ¿dónde queda el papel de los 2 matemáticos que trabajaban en el problema y de cuyos resultados probablemente se ha aprovechado la IA?
Mi enfoque a la discusión ha sido preguntarle a ChatGPT su opinión. Y me dice:
«No significa que la IA haya sustituido al matemático.
Hay una diferencia enorme entre:
«He encontrado una demostración correcta.»
y:
«Entiendo por qué esta demostración funciona, por qué era razonable buscarla y qué nos enseña sobre las matemáticas.»
Personalmente (la IA, no yo), veo el futuro ideal no como «IA contra matemáticos», sino como «IA + matemáticos»: la IA explora posibilidades a una velocidad imposible para un humano y el matemático aporta criterio, intuición, interpretación y nuevas preguntas.»
Bueno, nada que no haya pasado con otras profesiones…
Hay algo en la vuelta al cole que me recuerda que la vida real existe.
Después de semanas de verano, de horarios más o menos inventados, comidas a deshora, días que empiezan cuando nos apetece, septiembre llega con su particular golpe de realidad.
El despertador.
Las prisas.
Las mochilas.
Septiembre es eso.
Volver al desorden.
Y, curiosamente, creo que estamos empezando a mirar el desorden de otra manera.
Durante mucho tiempo nos hemos empeñado en que todo pareciera perfecto. También lo cotidiano.
La casa perfecta. El desayuno perfecto. El niño feliz y perfectamente vestido camino del colegio. La mesa con flores. El café colocado estratégicamente al lado del ordenador. La ropa sin una arruga. El pelo despeinado, pero de ese despeinado que claramente ha requerido tiempo, productos y probablemente un tutorial.
En internet aprendimos a vivir como si todo fuese una fotografía.
Incluso nuestra vida normal.
Y quizá nos hemos cansado.
Hace unos años, si alguien enseñaba una habitación desordenada en Instagram, probablemente sentía la necesidad de pedir disculpas. Ahora empiezan a aparecer precisamente esas imágenes: camas sin hacer, maquillaje corrido, ropa mezclada, casas vividas, fotografías con flash, rincones que no parecen preparados para una revista.
Lo llaman de distintas maneras: messycore, messy girl, estética imperfecta…
Porque quizá estamos cansados de fingir que no existe el desorden.
Y esto no está pasando solamente en la moda o en Instagram. También está cambiando nuestra relación con los influencers.
Durante años nos acostumbramos a seguir a personas que parecían tener una vida extraordinaria. Viajes, hoteles, restaurantes, casas preciosas, armarios interminables, cuerpos perfectos, niños que parecían no haber tenido jamás una rabieta en un supermercado.
Todo era bonito.
Todo era aspiracional.
Todo parecía estar en su sitio.
Hasta que, de repente, empezó a dejar de creérnoslo.
No porque necesariamente fuese mentira. Muchas de esas vidas eran y son reales. El problema es que estaban editadas. Seleccionadas. Iluminadas. Convertidas en contenido.
Y cuando llevas demasiado tiempo viendo vidas editadas, empiezas a echar de menos algo que no lo esté.
Por eso me ha llamado la atención leer estos días sobre la crisis del influencer clásico. Ese influencer que convirtió su propia vida en un escaparate empieza a perder parte de su poder frente a personas que tienen algo más que enseñar.
Una pasión.
Un oficio.
Un conocimiento.
Una opinión.
Algo que contar.
El pescador que enseña cómo es realmente su trabajo. La persona que sabe absolutamente todo sobre parques de atracciones. El que habla de cine. El que prueba restaurantes y se atreve a decir que uno no le ha gustado. (lo leímos en el País)
Personas que no parecen haberse levantado por la mañana pensando: “Hoy voy a ser influencer”.
Y quizá precisamente por eso nos interesan.
Porque hay algo tranquilizador en ver a alguien que sabe hacer algo.
Durante un tiempo parecía que para tener influencia había que tener una vida que los demás quisieran copiar.
Ahora quizá empieza a bastar con tener algo que los demás quieran escuchar.
Y me parece un cambio interesante.
Aunque también tiene su trampa.
Porque, por supuesto, internet es capaz de convertir cualquier cosa en una tendencia.
Hasta el desorden.
Podemos acabar teniendo una habitación perfectamente diseñada para parecer desordenada. Una cama cuidadosamente arrugada. Una fotografía estudiadamente desenfocada. Un maquillaje que parece que no te has esforzado en hacer, después de haberte esforzado muchísimo en que parezca que no te has esforzado.
La autenticidad también puede convertirse en postureo.
Y eso me hace gracia.
Porque quizá llevamos tanto tiempo intentando parecer espontáneos que hemos terminado profesionalizando hasta la espontaneidad.
Por eso creo que septiembre me parece un buen momento para pensar en todo esto.
Porque la vuelta al cole no tiene nada de estética.
Y, sin embargo, todo eso es la vida.
No necesita un filtro.
Ni siquiera necesita quedar bien.
Quizá por eso me gusta pensar que esta vuelta al cole puede ser también una pequeña vuelta a lo real.
A las fotos que no salen perfectas.
A las casas que se nota que están habitadas.
A los planes que se tuercen.
A la ropa que se arruga.
A los niños que no colaboran cuando intentas hacerles una foto.
A nosotros mismos cuando no tenemos tiempo de colocarnos el pelo antes de salir por la puerta.
Quizá no hace falta que todo esté perfecto.
Quizá incluso estaría bien que se notara un poco que estamos viviendo.
Porque al final hay algo curioso en todo esto.
Pasamos años intentando que nuestra vida se pareciera a las fotografías de internet.
Y ahora parece que internet está intentando parecerse un poco más a nuestra vida.
Bienvenidos de nuevo al colegio.
Bienvenidos de nuevo al caos.
Y, por una vez, quizá no hace falta ordenarlo antes de enseñarlo.