Hoy es mi cumpleaños y me he ido a jugar a la petanca.
Ahí lo dejo…

Hoy es mi cumpleaños y me he ido a jugar a la petanca.
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Después de años empujándonos hacia contenido cada vez más producido, reels, estética cuidada, feeds perfectos, Instagram ahora introduce algo casi opuesto: las Instantáneas, o Quicksnaps. Yo diría que es un efecto del mundo IA, donde la vuelta a la imperfección es lo real.
Las Instantáneas son un formato efímero pensado para compartir momentos tal cual y como ocurren: sin filtros, sin edición y sin postureo. Se trata de publicaciones que:
En otras palabras: una mezcla entre stories y la filosofía de apps como BeReal, pero integrada dentro del ecosistema de Instagram.
Porque el usuario está cansado. Durante años, la plataforma ha premiado lo espectacular, lo viral, lo “perfecto”. Pero eso ha generado fatiga creativa y contenidos poco auténticos
Las Instantáneas vienen a romper con eso. Su objetivo es claro: recuperar la espontaneidad y reforzar la conexión real entre personas.
El funcionamiento es sencillo:
Sin edición. Sin pensar demasiado. Sin perfección.
Este formato funciona especialmente bien para:
Las Instantáneas no son una función más. Son una declaración de intenciones de Instagram.
Después de años empujando hacia lo espectacular, la plataforma empieza a valorar lo contrario:
lo inmediato
lo imperfecto
lo humano
Y quizá ahí hay una oportunidad interesante: volver a crear sin tanta presión.

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Llevaba días pensando en echar un vistazo a Substack, me llamó la atención que una de mis newsletters de referencia, Kloshletter, lo utiliza desde que Carlos Molina de MultiVersal la gestiona, y este hombre es un crack! De hecho me voy a leer su libro Las cinco mentiras de Silicon Valley.
Substack empezó como una plataforma para enviar newsletters, pero da la sensación de que eso ya se le queda corto. Ahora, con su web y su app, se ha transformado en algo más amplio: una especie de híbrido entre red social, blog y canal de contenidos. Puedes escribir, publicar audio, vídeo… incluso se percibe cierto aire a feed social, pero sin la presión constante del algoritmo.Y eso, precisamente, es parte de su atractivo. Frente a otras plataformas donde el contenido parece competir en una carrera interminable por la visibilidad, aquí la relación con quien te lee (o te escucha) parece más directa, más limpia. Menos intermediada, menos manipulada.
Si pienso en cómo ha evolucionado el ecosistema de la escritura online en los últimos veinte años, la cronología es bastante clara:
Porque Substack ha unido en un mismo espacio las palancas del blog, la newsletter y la red social. Y todo ello con una idea muy clara: la monetización.
Supongo que por eso Substack me genera tanta curiosidad. No tanto por la herramienta en sí, sino por lo que representa. Después de años escribiendo en espacios prestados, adaptándonos a formatos, algoritmos y dinámicas que no controlamos, la idea de volver a un lugar donde el centro sea el contenido, y la relación directa con quien está al otro lado, resulta casi refrescante. No sé si es una revolución o simplemente otro paso más en esta evolución constante de internet. Pero sí parece un cambio de dirección: menos ruido, más intención. Recuperar algo que parecía haberse diluido por el camino. Escribir, simplemente, porque hay algo que merece ser contado.

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Las elecciones en Hungría de ayer domingo no han sido unas más, las he sentido de muy cerca. La derrota de Viktor Orbán, tras 16 años en el poder, marca el final de una etapa muy larga.
La victoria de Magyar no es solo electoral: es estructural. Con una mayoría de dos tercios, su formación tiene la capacidad de revertir muchas de las reformas impulsadas por Orbán, caracterizadas por la consolidación de un modelo ultraconservador, tensiones con la Unión Europea y críticas por el deterioro democrático.
La alta participación, cercana al 80%, refleja el estado de la población: «harta».
Más allá de los resultados, estas elecciones también dejan una lección clave sobre las campañas electorales: el uso estratégico de la desinformación y la inteligencia artificial.
Durante la carrera electoral, ambos bloques recurrieron a contenidos generados con IA, aunque con objetivos distintos. Desde el entorno de Orbán, estas herramientas se utilizaron principalmente para desacreditar a sus oponentes, amplificando mensajes negativos y construyendo narrativas de confrontación.
Por su parte, la oposición liderada por Magyar empleó estas tecnologías para reforzar sus propios mensajes y consolidar su relato político, en una estrategia más orientada a la movilización que al ataque.
A esto se suma una táctica especialmente preocupante: la suplantación de periodistas para difundir información falsa sobre los candidatos. Este fenómeno no solo erosiona la confianza en los medios, sino que también dificulta al electorado distinguir entre información verificada y manipulación.
El caso de Hungría pone sobre la mesa una cuestión cada vez más urgente: ¿cómo proteger los procesos democráticos en un entorno saturado de información y tecnología?
La combinación de polarización política, herramientas de IA accesibles y estrategias sofisticadas de desinformación plantea desafíos que van mucho más allá de un país concreto. Lo ocurrido en Hungría puede entenderse como un laboratorio de dinámicas que ya están presentes en muchas democracias contemporáneas.
La victoria de Péter Magyar abre un escenario nuevo. Tiene el poder suficiente para desmontar buena parte del sistema construido en estos años y para reencauzar la relación con Europa. Pero tener poder no es lo mismo que transformar un país.
Desde fuera lo que siento es una mezcla de esperanza y cautela.Hungría ha demostrado que el cambio es posible. Pero también que las reglas del juego han cambiado: la política ya no se libra solo en las instituciones, sino también en el terreno invisible de la información.
La próxima vez que viaje, sé que miraré el país de otra forma. No porque todo haya cambiado de repente, sino porque algo sí se ha movido en profundidad.

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A veces las ideas no empiezan delante de una pantalla, sino en momentos mucho más sencillos.
Esta mañana la asociación estaba tranquila. El patio aún vacío, las mesas esperando a que llegue la gente, y Osa (nuestra guardiana ocasional)— disfrutando del sol en la puerta.
Son esos pequeños momentos los que recuerdan por qué existen los espacios culturales y creativos: para que pasen cosas reales, para que haya encuentros, conversaciones y experiencias que no se pueden automatizar.
Y justo pensando en eso me encontré con una idea interesante sobre inteligencia artificial y marketing: quizá estamos enfocando mal la relación con la IA.
Durante años, el objetivo de internet era claro: aparecer el primero en Google. Pero con la llegada de los asistentes de inteligencia artificial, el funcionamiento está cambiando. Muchas veces ya no vemos una lista de enlaces, sino una respuesta generada que mezcla información de distintas fuentes.
Esto ha hecho que muchas marcas intenten convertirse en “la opción número uno de la IA”. Sin embargo, esa obsesión puede ser un error.
Los modelos de IA no suelen basarse en lo que una empresa dice de sí misma, sino en el consenso que existe alrededor de ella. Es decir, en lo que dicen otras fuentes, en las menciones, en la autoridad que se construye con el tiempo.
Y hay algo más importante todavía: en un internet lleno de contenido generado automáticamente, lo que realmente destaca es lo que tiene una voz propia.
Experiencia real.
Historias concretas.
Perspectiva personal.
Justo lo que estaba pasando esta mañana en la puerta de la asociación: un momento simple, cotidiano y completamente humano.
Quizá la mejor estrategia en la era de la inteligencia artificial no sea competir con ella, sino hacer algo que la IA no puede fabricar fácilmente: crear cosas auténticas que merezcan ser contadas.

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Mientras escribo este texto, mi blog ha cumplido quince años. Cuando lo abrí no tenía muy claro qué iba a hacer con él. Era simplemente un lugar donde guardar textos, ideas y algunas reflexiones.
Con el tiempo se ha convertido en otra cosa: una especie de archivo personal. Si vuelvo atrás puedo encontrar proyectos que ya olvidaba, intereses que han ido cambiando y preguntas que todavía siguen abiertas. También hay intuiciones que con los años han terminado convirtiéndose en proyectos reales.
Un blog tiene algo de cuaderno y algo de mapa. En él quedan registrados los caminos que uno ha ido recorriendo: lecturas, trabajos, curiosidades, intentos, dudas. No todo lo que se escribe tiene que ser definitivo; a veces basta con dejar una pista, una nota, una observación que quizá tenga sentido más adelante.
Las redes sociales han ido apareciendo y desapareciendo, los formatos cambian, las plataformas se transforman. Pero el blog sigue ahí, creciendo poco a poco, artículo a artículo. Sin prisa y sin demasiado ruido.
Quizá esa sea una de las razones por las que los blogs siguen teniendo sentido: permiten construir algo a largo plazo. Un espacio propio en internet donde las ideas no desaparecen en unas horas, sino que quedan guardadas, esperando a que alguien vuelva a encontrarlas.

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Durante años, la reputación digital de una empresa tenía un termómetro bastante claro: el SEO.
Si aparecías en las primeras posiciones de Google, existías. Si no, eras invisible.
La lógica era sencilla: el buscador mostraba una lista de enlaces y el usuario decidía qué fuente consultar. La reputación estaba fragmentada y dependía de múltiples clics.
Pero ese modelo ya no es el dominante.
Hemos pasado de una página de resultados a una síntesis narrativa. Hoy, cuando alguien realiza una búsqueda en herramientas como ChatGPT, Claude, DeepSeek o Perplexity, no recibe diez enlaces: recibe una respuesta estructurada, argumentada y aparentemente concluyente.
La IA no solo indexa.
Selecciona.
Prioriza.
Resume.
Y, en cierto modo, editorializa.
Ya no compites únicamente por estar en la primera página. Compites por ser parte de la narrativa que el modelo decide construir.
Diversos análisis del sector apuntan a que el SEO tradicional podría perder hasta un 40 % de efectividad frente a las búsquedas generativas. No porque deje de existir, sino porque cambia el punto de contacto: el usuario ya no necesita visitar múltiples webs para tomar una decisión. La IA condensa la información y ofrece recomendaciones directas.
Imagina que alguien pregunta: “¿Cuáles son las marcas más fiables en este sector?”
La IA responde con seguridad, compara opciones y sugiere nombres concretos.
El problema no es que hable mal de ti. El problema es que puede no mencionarte en absoluto.
En el paradigma anterior, no aparecer en el top 3 era una desventaja.
En el nuevo paradigma, no aparecer en la respuesta generativa es una forma de inexistencia digital.
Aunque tu empresa sea líder en facturación, innovación o trayectoria, si el modelo no te identifica como fuente relevante o como entidad con autoridad, simplemente quedas fuera de la conversación. Y la conversación, hoy, ocurre dentro del modelo.
Aquí está el verdadero cambio de fondo: la reputación deja de depender únicamente de tu posicionamiento web y pasa a depender de cómo los modelos de lenguaje interpretan tu presencia digital.
Los modelos no “leen” tu marca como lo hace una persona. Detectan patrones:
Si tu marca aparece dispersa, poco citada o sin contexto claro de especialización, el modelo tendrá menos señales para considerarte una referencia.
No gestionar esto equivale a dejar tu reputación en manos del azar algorítmico.
Era cuestión de tiempo, pero ya están surgiendo herramientas específicas para auditar y optimizar la presencia en modelos como ChatGPT, Claude, DeepSeek o Perplexity.
Estamos entrando en la era del llamado Generative Engine Optimization (GEO):
La reputación ya no es solo una cuestión de visibilidad. Es una cuestión de representación.
Y en un entorno donde la decisión del usuario puede formarse en una sola respuesta generativa, ese punto ciego puede tener un impacto directo en ventas, inversión y posicionamiento de marca.

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Estoy en Galicia y he pillado el sol después de meses de lluvia continua, todo se ve de un verde espectacular, brillante e intenso, que pide a gritos salir a dar una vuelta en moto, o sea, que hoy no me voy a enrollar mucho en mi entrada semanal.
📊 ¿Cuáles son las páginas web más visitadas del mundo?
Seguro que si lo piensas un momento, aciertas los primeros puestos: Google, YouTube, Facebook, Instagram, ChatGPT, Reddit, Wikipedia, Pornhub, X, WhatsApp… pero, ¿qué otras están en la lista? Si te pica la curiosidad, te dejo un artículo para cotorrear el artículo de TreceBits donde analizan el ranking global.
Lo que más me sorprende es que TikTok aparezca solo en el puesto 14. Con todo el ruido mediático que hace, uno pensaría que estaría más arriba. Quizá tenga que ver con cómo se mide el tráfico, o con que gran parte de su consumo es dentro de su propia app y no desde el navegador.
🌀 Y hablando de TikTok, igual ya lo habéis leído: hay un nuevo escándalo que está circulando por las redes. Al parecer, hay cuentas que envían a usuarios a Telegram con la promesa de citas con mujeres asiáticas, pero lo que hay detrás es un intento de obtener dinero a costa de la gente. Si no lo habías visto, te dejo aquí el enlace a la investigación de Maldita.es para que lo explores.

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ChatGPT, desarrollado por OpenAI, ha comenzado a probar la inclusión de publicidad en su versión gratuita. Hasta ahora, la herramienta se había mantenido sin anuncios visibles, pero el crecimiento del servicio y sus altos costes de infraestructura han impulsado un nuevo modelo de monetización.
Esta estrategia no es nueva: muchas plataformas online (como Gmail, Instagram o YouTube) han usado anuncios como modelo de negocio principal durante años. Ahora, ChatGPT sigue esa misma dirección.
Esta prueba está activa principalmente en Estados Unidos donde los anuncios aparecen en un bloque separado debajo de la respuesta, claramente identificados como contenido patrocinado. No forman parte del texto generado por la IA ni influyen en sus respuestas.
¿Quién verá anuncios?
Principalmente los usuarios del plan gratuito. Las versiones de pago como Plus, Pro o Enterprise seguirán sin publicidad.
¿Se pueden gestionar?
Sí. Los usuarios pueden:
La publicidad en ChatGPT representa un momento significativo en la evolución de las grandes herramientas de inteligencia artificial y abre un debate interesante sobre financiación, ética y experiencia de usuario en la inteligencia artificial.

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