Hoy quiero plantear un tema reflexión que considero importante: hay que evitar tanto el alarmismo como la idealización de la IA por parte de los adolescentes.
Cada vez más adolescentes están convirtiendo a ChatGPT y otros asistentes en una especie de psicólogo de guardia. Tiene lógica: no juzgan, están disponibles las veinticuatro horas y responden con una empatía sorprendentemente convincente. Pero varios estudios ya han detectado consejos inseguros o inapropiados en una parte significativa de las conversaciones sobre salud mental. Y es que el valor de un terapeuta no es ofrecer respuestas, sino hacer preguntas incómodas, poner límites, contradecirnos cuando hace falta y asumir la responsabilidad de lo que dice. La relación terapéutica no se basa en confirmar lo que pensamos, sino en ayudarnos a comprendernos mejor, incluso cuando eso implica enfrentarnos a aspectos que preferiríamos evitar.
Una inteligencia artificial funciona de otra manera. Su diseño está orientado a mantener la conversación, comprender el contexto y ofrecer respuestas útiles. Pero carece de experiencia humana, criterio clínico y responsabilidad profesional. Un interlocutor que rara vez discrepa puede acabar pareciéndose más a un espejo que a una guía. Y los espejos, por definición, suelen devolvernos una imagen que confirma nuestras propias creencias.
Por ello, el verdadero desafío para las empresas tecnológicas y las agencias de salud pública es doble. Por un lado, mejorar las barreras de seguridad de los modelos para que detecten situaciones de riesgo y deriven a los usuarios hacia profesionales o servicios de emergencia cuando sea necesario. Por otro, promover una alfabetización digital que permita a los jóvenes comprender qué es realmente una IA y cuáles son sus limitaciones.
La cuestión no es si los adolescentes hablarán con la inteligencia artificial. Ya lo están haciendo. La pregunta importante es si aprenderán a utilizarla como una herramienta complementaria o si acabarán otorgándole una autoridad emocional para la que no está preparada. Quizá el reto de nuestra época no sea enseñar a las máquinas a parecer humanas, sino enseñar a las personas a distinguir cuándo necesitan hablar con una máquina y cuándo necesitan ser escuchadas por otro ser humano.


