El Tesla Roadster lleva casi una década prometiendo llegar al mercado. Musk lo presentó en 2017, anunció su producción para 2020 y, tras sucesivos retrasos, ahora apunta a 2028.
La novedad es que incorpora tecnología de SpaceX: propulsores que prometen una aceleración de 0 a 100 km/h en apenas 0,81 segundos. Un espectáculo de ingeniería que plantea una pregunta bastante sencilla: ¿para qué sirve? Los propulsores ocupan espacio, su impulso sería limitado y quedan dudas importantes sobre la recarga, la seguridad y la homologación. Impresionante, sin duda. Pero ¿es un producto comercial o una demostración tecnológica en busca de utilidad?
Salvo que el coche no sea lo más importante. El verdadero negocio podría ser otro
Tesla, SpaceX, xAI y Terafab representan negocios distintos, pero comparten una visión: combinar automóviles, energía, cohetes, inteligencia artificial y chips en un mismo ecosistema tecnológico. ¿Y si el Roadster fuera también una forma de reforzar esa narrativa ante los inversores?
Aquí aparece una pregunta interesante: ¿por qué fusionar estas empresas si pueden colaborar mediante contratos?
No basta con decir que juntas valdrían más. Hay que preguntarse quién ganaría realmente con la operación y qué ventajas ofrecería frente a mantenerlas separadas. Pero Musk sabe convertir una presentación tecnológica en algo más que un anuncio: construye expectativas, atrae atención y vende una visión de futuro. Y quizá esa sea la cuestión. No si el Tesla puede volar, sino si el espectáculo ayuda a convencer a los inversores de que todas las empresas de Musk valen más juntas que por separado.


