Esta semana estoy fuera de mi rutina, pero me he traído mis series conmigo. Son cómodas, están ahí para llenar huecos.
Ahí me asalta la pregunta: ¿estamos tan enganchados a las series como a las redes sociales? Porque lo que parece un entretenimiento inocente no lo es tanto. Su éxito no es casual ni neutro. Están diseñadas para enganchar: montaje emocional, tensión constante y personajes pensados para provocar identificación o rechazo.
Mientras las veo, me doy cuenta de que eso que llaman “vida real” es, en realidad, una versión exagerada y editada de las relaciones humanas, donde el conflicto, el estereotipo y la toxicidad no solo se permiten, sino que se premian.
Vistos una y otra vez, estos modelos acaban funcionando como referencia: distorsionan cómo creemos que se resuelven los problemas, normalizan dinámicas dañinas y alimentan la comparación constante, con efectos claros sobre la autoestima y la salud mental.
Así que sí: otra cosa más que añadir al saco de las redes sociales.


